Ricardo patapalo

No sé si como a todas las abuelas, pero a la mía le encanta contar historias. Y el personaje estrella de todas esas historias suele ser mi bisabuelo Ricardo.

Era un tipo peculiar. Nació en Santander hace ya más de un siglo y a la edad de seis años le atropelló un tranvía. El accidente le costó una pierna, que tuvo que reemplazar por una pata de palo. El niño se empeñó en enterrar su pierna -de rodilla para abajo- en una caja de galletas, con el fin de encontrarse con ella a su muerte. Decía que le podría ser muy útil en el más allá, aunque no fuera de su talla. Ricardito vivía en un palacio y se desplazaba por los jardines en coche de caballos, por lo que la ausencia de su pierna no le supuso un impedimento muy grande. Durante su infancia, llevó una vida fácil en el seno de una familia acomodada. Pero su mala pata no terminó tras el accidente: tuvo que emigrar a Cuba a los veinte años, por motivos familiares y económicos. Allí, se fue a vivir con un amigo, Gutiérrez Solana, sobrino del famoso pintor expresionista. Ricardo empezó a trabajar de cartero llevando el correo a caballo por La Habana.

Una tarde de septiembre, los dos amigos pensaron ir a tomar algo al bar de la esquina para celebrar la inauguración de su nueva casa. Hacía poco más de un mes de su llegada a la isla y por fin estaban instalados definitivamente. Al salir de casa, a Ricardo se le ocurrió echarle una carrera a Guti. Vivían en un quinto piso y Gutiérrez en seguida sacó ventaja al cojo. Era de esperar. Ricardo iba por el tercer piso cuando se asomó por el hueco de la escalera para ver por dónde iba su amigo. Vencido por su propio peso, el cojo se cayó. Se ve que la pierna que le faltaba no hizo de contrapeso. Gutiérrez bajó asustado por el impacto. Cuando se encontró con su compañero en el suelo pensó que estaba muerto. Pero Ricardo levantó la cabeza y le dijo: “Te gané”. Y perdió el conocimiento. Así empieza la historia de cómo mi bisabuelo Ricardo pasó de ser delgado a gordo.

Tras la caída, estuvo ingresado tres meses en el hospital. Tenía rotas la pierna buena, cinco costillas y una vértebra. Y tardó más de cuatro meses en poder desenvolverse con normalidad. Al parecer, siguió a rajatabla las recomendaciones de su médico, que le aconsejó hacer mucho reposo y engordó más de veinte kilos.

Ricardo siempre tuvo mala pata, pero era feliz. Durante mucho tiempo se sintió muy orgulloso de ser “el hombre más espatarrao del mundo”, como él decía, ya que tenía una pierna en Cuba y la otra en Santander. Pero eso no le entristecía, ya que Ricardo sabía que la separación no sería para siempre. Él quería ser enterrado en el panteón familiar, junto con su pierna, en el cementerio de Ciriego.

Un año más tarde, y unos cuantos kilos más, volvió a España y, al poco de su regreso, se casó con la abuela Rosita, madre de mi abuela. Tuvieron siete hijos, todos de constitución delgada.

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